El tiempo no para...

jueves, 26 de agosto de 2010

-Los ojos suelen ser un reflejo del alma, por eso siempre me sorprendo cuando buceo en ti y no veo más que niebla. ¿A caso es que no tienes alma o que no quieres tenerla? ¿De qué te protejes?
-De nada.
La chica desvió la mirada y deslizó sus ojos por la fila de discos que había en la estantería.
-Mira, no te conozco bien, pero conozco bien a la gente. A las personas. Y tú no eres una persona normal, así que creo que no puedo conocerte a no ser que tú me dejes, y no estás por la labor.
-Prefiero no hablar de eso ahora, ¿vale?
El silencio inundó la sala. El chico rasgó con cuidado, como si no quisiera romperlo, las cuerdas de su guitarra. Aquella chica le fascinaba. Desde el instante que se habían tropezado en el ascensor, había soñado con pasar tiempo con ella, con conocerla a fondo, con poder rozar algún día sus labios. Pero ella tenía esa muralla, esa que la hacía aún más especial, esa que daban ganas de derrumbar, pero que parecía irrompible. Él estaba dispuesto a todo con tal de tenerla. Incluso a destrozar murallas o despejar nieblas.

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